martes, 16 de enero de 2018

Siempre me gustaron siempre



1.

Siempre me gustaron las palabras. Siempre. Una que me gusta de toda la vida es maravedí, quizá porque es larga y aguda y termina en vocal, que son tres cosas que cuando están juntas suenan a otro idioma, me parece, sobre todo en los sustantivos, como maracuyá o ajonjolí o tiramisú o chimpancé, tan onomatopéyica ella, tan onomatopéyica éllica, tan de tambores africanos, tan-chim-pan-cé. Con los verbos no me pasa lo mismo, aunque me encantan, como atravesaré o decuplicaré o salpimentaré. Pero la que me gusta de siempre es maravedí. Hace una eternidad, cuando escribía poesía, escribí una que en algún momento decía “y abrió los brazos para decir maravedí”. No me acuerdo del resto, pero esa imagen (que era mía de mí) me ha quedado grabada hasta ahora, muchos lustros después, con esas palabras. Lustro también es una palabra que me gusta, aunque solo cuando se refiere a los años, no cuando es verbo, que solo sirve para cacademias y zapatos.



2.

Hay ciudades a las que viajaría solo por cómo me gusta la sonoridad de su nombre, como Cartagena, y mucho más porque es de Indias, pero fundamentalmente porque se llama Cartagena. O Bucaramanga o Alicante o Estambul o Valparaíso, aunque en esta se cuela un poco lo que el nombre parece significar. O Guadalajara o Quetzaltenango o San Fernando del Valle de Catamarca, que más que decirse se canta.



3.

Y me gusta pensar en los sonidos y sus supuestos sentidos. Sur suena siempre a algo profundo. Esdrújulo también. Hace un montonazo de años, A. decía que no le parecía bien que se dijera “buen humor”, porque sonaba grave y serio, y que lo coherente sería hablar de “buen talante”, que suena a campanadas.



4.

Siempre me gustaron las palabras. El problema de los que gustamos de las palabras y malabareamos como palabristas, y el problema de los que trabajamos con las palabras y nos esforzamos como palabradores, es la posibilidad de quedar atrapados entre un sueño y otro, el riesgo de perder de vista el hecho de que las palabras tienen carne debajo de la piel, y de quedarnos solo con la piel, como entre un sueño y la realidad sin saber cuál es cuál.

Pero el problema, en todo caso, no es de las palabras, sino de nosotros, que a veces no somos más que palabra, porque desde el principio fue el verbo.



5.

Siempre me gustaron las palabras y siempre me gustó también jugar con las oraciones, que se forman con palabras. Las palabras me gustaron siempre y jugar con las oraciones que con palabras se forman siempre me gustó también. Gustáronme las palabras siempre y gustome siempre también con las oraciones que con palabras se forman jugar. Las gustaron siempre me palabras, palabras oraciones con se que también forman gustó siempre también me. Y ahí (decimos Baudrillard y yo, si se me permite) me caigo de la regla y se acaba el juego.




P. D. Este texto es apenas, inevitablemente, un primer borrador. Si estuviera escrito en una hoja de papel de verdá, me encantaría verlo extenderse en y con las palabras de otros en los márgenes. Como si este texto solo fuera (y fuera, solo) una primera pintada en una paré, y se le fueran sumando palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, palabras, palabras. Digo, es un decir.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Desesperanzas



Nada se pierde en la traducción.

Solo ese incompatible espacio entre culturas.


Pero ese espacio es de las culturas, no de la traducción.

Y sin embargo, es precisamente el espacio de la desesperación, de la desesperanza, para los que traducimos.

Digo.

viernes, 4 de agosto de 2017

Otra vez con el idioma





En un internético foro de traductores decía un amigo hace unos días que está mal decir "barco a vela", "calentador a gas" o cosas por el estilo, porque las expresiones que indican "con qué" funciona algo deben construirse en castellano con "de": barco de vela, calentador de gas, etc. Según decía, las construcciones con "a" son galicismos, es decir, copiadas del francés, y no tienen lugar en la lengua castellana. Admitía que son populares y que, a veces, uno se siente tentado a usarlas, pero afirmaba que no era correcto y que en todos esos casos correspondía "de".

Y sho no estoy de acuerdo pa na. Si las expresiones copiadas de otros idiomas no tienen lugar en la lengua castellana, ¿qué hacemos con el nombre de nuestro deporte más popular, con el vocabulario que en él utilizamos y con el de muchos otros deportes? Quieroecir, que lo que un día fue galicismo, anglicismo, lusismo u otros ismos, tiempo después, o en otros casos, fue o es simplemente parte de nuestra propia lengua. 

La propia Cacademia, con el tiempo (tiempo eclesiástico, podríamos decir), va reconociendo usos que surgen de esas copias de otros idiomas. Por ejemplo, "de acuerdo a". Lo "correcto" fue siempre "de acuerdo con", y, si se lo piensa, es lo lógico, porque esa locución introduce un complemento de compañía, y la idea de compañía se representa con la preposición "con", y no con "a". Pero, copiando la forma anglo according to, hace muchíiiiiisimo que los hispanohablantes usamos (bueno, yo no, pero una inmensérrima cantidad de hispanohablantes sí) "de acuerdo a". Y hace unos poquitos años, hasta la RAE (en el DPD) la reconoció con "a". Claro que todavía dice que la "forma culta" es con "con", pero ¿qué quiere decir "forma culta"? ¿Antigua, racional, lógica, etimológica…? Porque, en los hechos, ni siquiera los hablantes cultos usan esa supuesta forma culta. Entonces, ¿qué es y para qué sirve esa "forma culta"? Bueno, si quieren, que se queden con el concepto, pero sería bueno que se enteraran de que el idioma real, el que la gente (culta e inculta) habla y escribe, es otra cosa. Esa construcción supuestamente ideal que hacen del idioma (y a la que llaman "culta", "correcta" o cosas por el estilo) no es más que una elaboración conceptual, teórica, que (quizás) fue válida en otros tiempos, pero que, en la actualidad, en muchas ocasiones, poco tiene que ver con la realidad. Y los idiomas no son teorías, sino realidades.



Los idiomas son convenciones entre hablantes (no entre teóricos ni entre expertos) y sirven para comunicarse (Steiner dice que en realidá sirven más bien para ocultarse, pero de eso podemos hablar otro día). Si los hablantes convienen (acuerdan) usar tal o cual palabra, tal o cual preposición, tal o cual construcción, y se entienden bien usando esa palabra, preposición o construcción, pues esa será la forma correcta, porque es la que acordaron, explícita o implícitamente, como tal. ¿Para qué sirve tener otra forma a la que llamar correcta? ¿La realidad va por un lado y la corrección por otro? ¿Qué sentido tiene eso?

Creo que la idea de "corrección" no es ni puede ser tomada como absoluta, e’cir, creo que la corrección depende siempre de la situación, o sea, que mejor deberíamos hablar de "adecuación", con lo cual lo que es "correcto" en una situación o en un momento de la historia de la lengua, deja de serlo en otra situación u otro momento. Cuando yo era pibe los diarios escribían leader, football, meeting y cosas por estilo. Hoy nadie escribe así esas palabras en castellano, porque, adaptadas y adoptadas, ya no son anglicismos, sino parte del castellano. Y es muy posible que, si se las escribiera como exige el "manual", es decir, en cursiva y con la grafía original, porque así se hace con los extranjerismos, hoy resultarían confusas o incluso incomprensibles para muchos.
 
Los idiomas, decía, son convenciones entre hablantes, y se construyen y crecen de maneras diversas. A veces por evolución interna, por llamarla de algún modo, y a veces por contagio (o "contaminación", si prefieren) con otras lenguas. Si así no fuera, miles de millones de seres humanos todavía estaríamos hablando alguna forma ÚNICA evolucionada "correctamente" del indoeuropeo, y no varios miles de lenguas totalmente diferentes entre sí. Los distintos grupos humanos, necesitados de distintas convenciones, utilizan distintos recursos para actuar en su porción del mundo y expresarla y expresarse, y, si sirven de manera ideal a sus propósitos, esos recursos, sean cuales fueren, son "correctos". Si no, no. Es decir, no cualquier recurso en cualquier momento, sino cada recurso específico en su momento y lugar especifico(s).

Evaluar cuándo sí y cuándo no es parte del trabajo de los que nos dedicamos a traducir. Por supuesto que, desde esta posición, nuestro trabajo como traductores es MUCHO más complejo, porque, así entendida la cosa, cada traducción depende de cada circunstancia, de cada emisor, de cada destinatario, de cada ruido en el canal de comunicación… Mucho más fácil sería para nosotros que hubiera formas únicas, correctas, absolutas y definitivas, ¿no? Pero no es así.

Todo esto pa decir que no estaba de acuerdo con el amigo, pero me parece que me paré en el banquito y me puse a perorar un poco de más. Debe ser porque todavía no empezó el campeonato de fóbal y tengo que llenar las horas, y no me la puedo pasar leyendo tooooodo el tiempo sobre Wagner y Mahler y Bach y Dvorak y Monteverdi y Romagnoli… ah, no, perdón ese va en el otro rubro.